Washington y mi mini yo

Hemos Viajado. Parece que este año venimos más decididos que nunca a ser intrépidos y rodearnos de todo lo nuevo y saltar sin paracaídas al nuevo mundo… En resumen, Julio tenía una especie de congreso, de modo que aprovechamos para ir toda la familia y fuimos a ver a unos amigos. En Washington.

Cuando llegas a esta ciudad, lo primero que ves son los suburbios y piensas: Esto no se ve en las películas.

De pronto entras en la zona monumental y vas abriendo la boca, esta grandiosidad no se aprecia en las películas.

Cuando te asientas y empiezas a pasear por la zona residencial y descubres que la ciudad está construida dentro de un enorme bosque, bañada por un inmenso río…Piensas: Estoy de película.

Es una ciudad diseñada para ser hermosa, uno de los momentos que más me embargó fue ver el atardecer viendo el reflejo de sus edificios blancos con caprichosas formas reflejados en el agua, rodeados de luces. Creo que me enamoré. Aunque como todas las bellezas, sin duda está ciudad abandona cruelmente su corazón de noche.

Fuimos a visitar a unos amigos, amigos de esos que te gustaría admirar de cerca continuamente, pero que a la vez temes por su inmensidad. Ella, una pura fuerza de la naturaleza, de esas con una melena arrebatadora, que puede interpretar todos los papeles desde el más altivo al puro rugir, pero con todo el corazón en ello, a la vez que es depositaria de la dignidad de la disciplina.

Él, poderoso, dueño de una inmensa fuerza de espíritu y cuerpo, uno de esos hombres que esperas ver un gigante y te encuentras con un profesor de filosofía e historia, de esos que acarician el alma con sus palabras y que si no te cubres puede convencerte de todo.

Una de esas parejas que esperas ver siempre unida, porque admiras esa fuente de energía que son capaces de provocar con sus contrastes. Hay casas que me gustaría llenar de espejos para que la gente que las habita pudiera verse en todo momento, su esencia es la belleza.

Claro, tanta magnificencia, a mí me hizo chiquita inmediatamente. No daba ni una. Ni la maleta me respondía. Todo lo había hecho mal. Como me veía venir… yo hice todas mis advertencias. En clave de humor pero alertando de mis excesos de humanidad solo compatibles con la pura imperfección. Para cuando salió el tema Cataluña, yo ya estaba rebajada. Me habría arrastrado para asegurar que los españoles no somos monstruos, si acaso algo flojillos ante la sangre, pero creativos y trabajadores como ninguno. He ahí nuestro talón de Aquiles. No hizo falta. Nos mimaron y los temas terrenales salieron de las habitaciones.

travesurasTanta amabilidad como mostraron relajó toda defensa posible. El día de la vuelta a casa con diez horas de viaje por delante en coche, sin aire acondicionado, me levanté con una melopea de esas que hacen la postura vertical inabarcable. Mi marido y mi hija luchaban con la maleta, no sabían ni que era nuestro ni cómo había cabido previamente. Los peques jugando a lo imposible y borrando cualquier sombra de duda sobre sus capacidades acrobáticas en una casa, mientras perseguían a los modélicos hijos de nuestros anfitriones…

El desayuno que no entra, las preguntas de los niños minando las agallas. Y ellos, siempre perfectos… sin una ojera, dando su cariño y sus atenciones. Menudo paredón para el ego. Bucee en mi subconsciente buscando una disculpa para mí que por supuesto encontré. Estaba terriblemente cansada y en fin, Cataluña y Washington bien se merecen un trago. La excusa calmó mi enfado interior, era aceptable.

Mi ego que ya era del tamaño de garbancita, comenzó a insuflarse de aire. Tras vaciar toda mi dignidad en los “restroom” tratando que los niños ni me oyeran, y tras pegarme la ducha fría de rigor, que me hizo sentir papel cebolla, me deposité en el minivan, y centré los ojos en el horizonte buscando centrarme. Sobreviviré. Tres horas de viaje después y una buena ensalada me devolvieron el color a las mejillas. Aún no sé cómo, debe ser una cuestión de caducidad del producto. Pero una hora después conducía yo.

 

 


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