Picking Apples

Hace una semana en el colegio de mis hijos organizaron una excursión denominada “Picking Apple”.  Es toda una tradición Otoñal, aquí en Boston. En algunas zonas de España las familias van de romería, en Boston familias y coles van a coger manzanas. Pagas 8 dolares por persona, te dan un donut artesano y un zumito de manzana, y luego sintiéndote parte del mundo agrario te vas a coger manzanas con una bolsita en la que caben cinco manzanas. Después ves los animales enjaulados, les metes comida por unos tubos y finalmente compras calabazas, para la próxima tradición que es Halloween. Esto  es saber planificar.

También es tradición que cuando se hacen excursiones,  se ofrece a los padres acompañar a los niños y ayudar a que la excursión no se convierta en drama. Al menos eso es lo que venden. Pero yo tengo mi propia teoría. Los padres somos analizados de los pies a la cabeza desde el primer momento en que entramos en un colegio. Es una estrategia para estudiar nuestra salud mental y de paso obligarnos a mantener algún tipo de adiestramiento sobre los niños en casa.

Pensadlo bien, reúnen a todos los niños y los padres, encerrados en un autobús sin que haya manera posible de ocultar nada. Esto es, si tu hijo hace alguna no tienes como pasar desapercibido, te la comes ahí, delante de todos, sin poder hacer nada para disimularlo. Aquí nadie mira buscando la vaca volando. No puedes dejar de notar como todos los mayores de 18 años te someten a un notorio escrutinio, (en cierto modo encierra cierto sadismo comunitario). A ver cómo lo haces…

fila

Alguno que otro de los menores de 18, participan en el proceso, bien sea reportando sobre el calvario, o bien provocándolo de todas las formas posibles. Los niños tienen un sexto sentido, son psicólogos en potencia. Saben que cuando sus padres están cerca los compañeros son mas vulnerables a los comportamientos irracionales.

En fin, como madre de tres hijos yo esto me lo olía. Así que trate de hacerme “la longuis”, si mi gobierno lo ha hecho treinta años con el problema catalán yo también puedo. Lo he visto hacer mil veces. Mi problema es que he heredado de mi marido la problemática de no saber decir “no”. Y claro, él por lo menos sabe como torear la verdad. Pero encima a mí me educaron con la cláusula de la verdad absoluta.

Decidí hacer entrega rápida de la niña durante esa semana. Pero el Lunes, ya Elena me hizo ver que era imposible. Con la niña agarrada a la pierna, mientras intentaba huir vi como la profesora, me daba alcance sin esforzarse demasiado: ¿Has visto la circular sobre la excursión? como buena catalana sabe hacer preguntas, mi respuesta fue un tímido sí. Estaba perdida…

El día de la excursión, pude constatar que era la única madre no primeriza. La profesora nos hizo saber entonces que cada padre iría durante toda la excursión con su hijo y otro compañero. Vi claro que eso iba a ser una escabechina. Una hora en el autobús encerrada con mi querida hija “la gimnasta” y otra Mari Pili, que ya me estaba corrigiendo desde el primer instante. No quiero decir que no me encantaran las dos niñas. Ambas eran adorables, pero competían hasta por respirar. Se mascaba la tragedia.

Cuando la otra nena tomó el roll de mamá, mientras subíamos al autobús, me sentí caminar hacia mi propio suplicio. Menos mal, que como madre de familia numerosa, soy capaz de hacer auténticas malabares. El problema es que les gustó. Desde el principio tuve que atender sus peticiones por igual sin excederme de más en ninguna atención con la contraria. No me atrevía ni a quitarme el jersey en el autobús. Si alguien recuerda los coches sin aire acondicionado, se puede imaginar que estaba al borde de la lipotimia. Como siempre, encima, me senté al sol.

niña masa

En el momento clave, los cinco minutos finales de viaje, deseaba tanto un momento libre para quitarme el jersey, que les dí un lápiz y un papel a cada una. Fue imposible reaccionar a eso. La otra escribí perfectamente. Escribió la perfecta parrafada y acto seguido le dijo a Elena un “ahora tú”. Elena escribió torpemente dos o tres letras y se puso a gritar como la niña del exorcista, justo en el momento en el que aparcaban el autobús. Todos iban saliendo mirándonos horrorizados, niños y padres, mientras la Mari Pili se me escapó a toda prisa entre la marabunta de la salida. Menos mal que como madre de familia numerosa, ya sé que todo es cuestión de esperar el momento, así que, con la dignidad que aún me quedaba, yo les devolvía mi mirada de “no te horrorices tanto que ya te tocará, es la primera pero no la última”.

Veinte minutos mas tarde cuando conseguí salir del autobús, y me hube disculpado ante el conductor, me tocó sentir el trauma de buscar a la Mari Pili, mientras trataba de arrastrar a mi hija. Menos mal que estaba con el resto del grupo jugando feliz y pude respirar tranquila. Más suerte tuve aún, a cada paso que dábamos caían un padrazo o madraza. Por todos lados se vieron niños tirados por el suelo gritando. Eso sí, ordenadamente, por turnos para que el resto de los padres pudiéramos mirar y aprender de ello. La profesora que es medio sabia, a pesar de la independencia, me dijo “Si aquí todos somos iguales”.


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