Trick or Treat

Era Halloween, todos en casa se preparaban llenos de ilusión para la fiesta, con el traje del año pasado, los niños llenos de ilusión buscaban maneras de transformarlo a través de distintos complementos… sacaban sus cesta-calabazas, y pensaban en maquillajes imposibles que pudieran vestirse en la noche.

Yo mientras echaba de menos volver a León por el día de todos los Santos. Quiero volver a ver a mi padre. Sé que ahora sólo veré una losa gris, pero es verla y le rememoro con especial intensidad. Necesito charlar con él acerca de las cosas que han ocurrido en España, en los últimos meses, hablar de la familia, amigos y de mí misma.

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Mi padre es una voz que no quiero perder, es como la España de mis raíces, necesito dedicar tiempo a recordarle, a limpiar su tumba y ponerla llena de flores, Margaritas. Necesito demostrarle que está vivo en nosotros, que le seguimos amando, que mis hijos le siguen recordando y que cada día es más grande en nuestro recuerdo. Necesito contarle los cuentos en los que le hemos instalado, y cómo cada día tejiendo los recuerdos le vamos adornando con nuevas leyendas.

Necesito ver a mi tío Esteban, siempre buscando el modo de arreglar el mundo mientras alrededor se le caen los trastos. A mi tío Eduardo con sus fotos y recuerdos, y a mi abuelita Yeyi, sobreviviendo al tiempo y a la razón, con la fascinación que traen los extremos más sofisticados. Esa diva eterna que siempre ha sabido mantenerse a flote entre el bien y el mal, desdibujando los límites del surrealismo. Como se nota que vino de Cataluña. Pero también necesito abrazar a mi madre y hermanas, es un decir, esos gestos de cariño siempre nos ha extrañado.

Necesito mis Santos Inocentes pero no desmereceré este Halloween que en cada ocasión me fascina un poco más. Aunque yo me oponga, me arrolla con su luz. No sé si es por el miedo, no sé si la pereza, pero cada vez con más frecuencia me encuentro a mí misma emperrada en no participar de la realidad fabricada.

Así andaba yo el martes, de brazos cruzados y gesto amargo, ante la que se me venía encima, no tenía ganas de muertos. Quién me ha visto y quién me ve, yo rehusando la fiesta…

Mi hija mayor había decidido ir por libre con sus amigas, a sus doce años, y yo me sentía rondando un ataque de pánico. Para colmo, los amigos de Juan iban a celebraciones separadas y todos demasiado lejos de mi hija. Por mucho que quisiera no iba a poder dedicar el Halloween en seguir a mi hija a una prudente distancia. La cosa pintaba mal.

Para colmo, las horas se solapaban. Cuando debía dejar a mi hija Sara, tenía que recoger a mis hijos pequeños que salían de la afterschool. Menos mal que no soy persona con iniciativa, si lo fuera me habría escapado del embrollo.

Total que Sara llegó del colegio, se puso a hacer deberes, y para cuando se puso a vestirse ya íbamos mal de tiempo. Se vistió, se miró en el espejo mil veces y para cuando hubo terminado de colocarse el mismo vestido en el mismo cuerpo, lo menos veinte veces, llegó el momento en que había que pintarla. Teníamos diez minutos, y su cara estaba torcida.

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Habíamos comprado una paleta de maquillajes para la ocasión, que incluían cera para efectos, pero a pesar de ello la cosa empezó mal desde el primer minuto. No había forma de que se dejara ampliar la nariz, tampoco permitió una triste verruga y cuando le mostré la pintura verde… me dijo que para mí. No hay duda mi hija está “teenager”.

Conseguí convencerla de la base gris, pero cuando se vio en el espejo comprendí que no entendía mi arte. Desmaquillante. Traté de pintarle ojeras. Desmaquillante. “Mamá quedan cinco minutos”. Del estrés que tenía me temblaba la mano. ¿Dónde quedó el momento en que maquillar era divertido? Desmaquillante. Intenté de nuevo el fondo de la cara verde… Desmaquillante. Por fin me fui rápidamente y cogí a la desesperada mi lápiz negro de ojos “a la antigüa usanza” pensé. Trabaje la línea de los ojos, la extendí frotando los dedos pulgares, empalidecí el contorno con blanco bien repartido con los pulgares negros, quedó gris y rematé con negros sus labios. Entre el gris, el negro y el rojo de tanto desmaquillar, estaba perfecta hasta para ella.

Una peluca y estábamos en la calle justo a tiempo. Corriendo llegamos a la casa de la amiga, subimos el ascensor, lancé a Sara fuera del ascensor ante el sorprendido padre que agradeció la velocidad y dos segundos después estaba en la calle, corriendo hacia la afterschool. Estaba sembrada, conseguí llegar sólo tres minutos tarde, casi en hora.

Mi encuentro con los niños no fue fácil, Halloween es una fecha que despierta fuertes emociones. Ambos lloraban y protestaban ante la atenta mirada de toda la afterschool.

Elena lloraba porque había cogido el disfraz de bruja y no el de sevillana fucsia. Juan porque su amigo Lucca se dirigía a Beacon Hill, el lugar tradicional para Halloween, y nosotros no. Yo ya estaba a punto del colapso cuando Elena oyó la palabra chucherías y todo se le pasó mágicamente. Hasta sonrió. Juro que no fui yo, pero si se me hubiera ocurrido en aquel momento lo habría hecho…Como por arte de magia llamó la madre de Jaime, otro amigo de Juan y quedamos con él en Crescent street. Quizás no tan grandioso como Beacon Hill, eso dicen, pero para mí es la mejor parada por estas fechas en Cambridge.

Podíamos ser ya felices. Empezamos pues con los disfraces. Cuando conseguí que Elena dejara de jugar con los secadores de manos. Miré el Google Maps, 12 minutos. Perfecto, por si acaso le dije a la madre de Jaime que llegábamos en media hora.

Caminata (2)

Veinte minutos después seguíamos andando, y el google marcaba menos de la mitad del camino hecho. Estaba claro que me había dado la distancia en coche. Pensé en coger un Uber pero me pareció que no merecía la pena. Veinte minutos después los niños se asemejaban realmente a almas en pena, y todavía nos quedaba un tercio del camino. Menos mal que empezamos una zona residencial y había algunas casas que ofrecían chuches a los niños. Me salvaron la tarde, varias veces. Por fin a las siete llegamos a Crescent Street. Justo cuando pasaba la orquesta de muertos vivientes. Fue como tocar el cielo de Halloween. Una mujer que leía el futuro en una tienda de campaña montada con sábanas blancas atadas a cubos de basura, casas con todo tipo de efectos especiales, con pruebas imposibles para niños, y sobretodo muchos sustos y risas.

El colmo, la casa que había convertido su balcón en un dragón que escupía caramelos a los niños. Las pobres flores y mariquitas de la casa de enfrente eran ignoradas ampliamente por la chiquillería, adoradora del dragón. Allí se plantó finalmente Elena, presa del cansancio y el azúcar, decidió que nos quedábamos allí, hasta que mi príncipe azul vino a buscarnos en la furgoneta para volver a casa.

dragón

Gracias Cambridge. Una vez más me olvidé el miedo y el cansancio, y fui tan feliz que ni me dí cuenta de que ya no soy una niña.


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