Miranda y sus ausencias

Miró por la ventana, se dejó ir profundamente al horizonte. Él la observaba de reojo mientras tecleaba, y fue consciente desde el primer momento, esta sería una de sus ausencias. No sabría nunca decir cuanto iban a durar. Habían vivido juntos lo suficiente, para que hubiera podido asistir a varias de estas ausencias. Generalmente siempre había una pequeña razón, un pequeño conflicto o preocupación, a veces ni siquiera propios, y aquello provocaba un periodo de obsesión por las causas y clavijas. Normalmente llegaba entonces la frustración, y muy pronto la ausencia.

Eran como trances, se levantaba por la mañana, hermosa y distante, normalmente se podía asomar uno a sus ojos para ver la hoguera que emanaba de su interior, pero de ninguna manera podían atraerla a la realidad.

miranda

Levantaba a los niños, ayudaba en todo, les acompañaba, les mimaba, les quería pero dejaba de ser el motor, debían guiarla, como a un ciego, porque su mirada estaba lejos. Todo lo entendía y ejecutaba, pero sin la presencia de su voluntad. Todo su interior ardía, en otro lugar. En aquellos momentos solía aparecer su padre. Surgía en las conversaciones, y fortalecía allí su presencia, como si fuera a serle útil en la batalla.

No siempre conseguía averigüar cual había sido el motivo que la había empujado a su ausencia. A veces surgía conocerlo, otras quedaba enterrado entre frases entrecortadas sin sentido que acababan desembocando en los problemas de siempre.

Él sabía que la ausencia era la reconstrucción de su reino interior, tras la derrota en alguna batalla, en la que siempre el enemigo era su propio espíritu. La miró mientras ella miraba sin ver más allá de la ventana, y deseó abrazarla, pero sabía que se exponía al frío del rechazo, y la idea le repelió. Prefirió quedarse sentado observándola, más hermosa que nunca, bañada en la luz de su propio rostro. Por supuesto, ella no era consciente.

miraMiranda bajó un momento la mirada y se miró las manos, seguían siendo delgadas, pero lucían más toscas, la piel más marcada, más fina, dejaba asomarse a las articulaciones que tanto protestaban rebelándose, y apartando de sí a la carne. Pensó sobre el sentido de su vida, y lo encontró vacío.

Era consciente de que amaba esa vida basada en las emociones de una madre, pero dentro de ella había un grito que emergía de su alma numerando todas y cada una de las oportunidades perdidas. Sabía que nadie la dirigía, sentía que era libre, pero simplemente no se veía capaz de fluir, todo la empujaba, todo eran riesgos y caídas.

Era consciente de su débil espíritu, de su frágil salud, pero siempre le cabía la duda, de que habría sido vivir sin miedo.

Recordaba nítidas las miradas, el suave tacto, la miel de su imagen. Recordó el deleite de los músculos en movimiento. Recordó el placer de saltar y luchar con su cuerpo contra la gravedad, se entregó a recordar la pasión de sus momentos sin tiempo,  corriendo llena de vida. Descendió al placer de las palabras, al deseo de saber. Se mordió el labio, y miró la hora, era hora de despertar, tenía que salir a buscar los niños, y sus ojos le dolieron recordando como su cabeza descendería para no mirar, durante el camino.

Cuando reconoció el peso del dolor, se incorporó movida por un resorte invisible y empezó a moverse rápidamente recordando la lista invisible de lo que tenía que preparar.

Cuándo ella cerró por fin la puerta de la casa, camino del colegio de los niños, él volvió a concentrarse matemáticamente a su trabajo. Analizó el correo. Mil oportunidades se abrían ante sus ojos. Abrió el calendario para ver la viabilidad de las propuestas, y acabó de rellenar los pocos espacios en blanco. Por un momento dudó en marcar la tarde del jueves, era su momento especial junto a su hijo, las clases de fútbol, Miranda puede encargarse de ello. El hueco quedó cubierto.


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