Subiendo escalones

La semana pasada recibí por fin mi permiso de trabajo. Es una sensación agridulce, por un lado puedes empezar a ser persona, por otro lado, te das cuenta por primera vez de que para gran parte de la humanidad habías dejado de serlo. Pero lo peor es que te acaban las excusas… Tienes que empezar de nuevo.

En cuanto lo tuve en mis manos, por fin, después de tanto tiempo, empecé a pensar en que hacer con él. “Podría ponerme a trabajar ya”, y de pronto se me cayó el alma a los pies…”¿En qué?¿Cómo?¿Dónde?¿Seré capaz de volver a ser productiva?”

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Lo sé, tampoco parece tan difícil… Adónde quieras que vayas puedes ver los momentos de incompetencia transitoria de los que te rodean, y confías en que tú lo harías si no mejor al menos parecido….

Por ejemplo tú podrías entender mejor a los clientes que el cajero del Shake Shack. Ese “teenager pasotilla” que cuando mueres tanto por comer una hamburguesa que te olvidas del orgullo, después de estar esperando a que se vacíe la fila una larga media hora, (te conoces el percal), te hace repetir las mismas dos palabras unas veinte veces, hasta que rodeada de la presión de una multitud hambrienta, gritas con todas tus fuerzas.

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Al final acabas comiéndote otra hamburguesa, pero da igual todas están ricas. No veas lo que echo de menos tomármela con unas patatitas y su Coca cola. Pero no soy tan valiente. Estoy segura de que detrás de todo esto hay una estrategia de marketing. El cliente debe desear la hamburguesa.

En fin,  que en esos momentos, confías en que tú entenderías mejor a los clientes, pero lo cierto es que apenas entiendes al que te está atendiendo.

Otra ocasión en que las circunstancias te animan,  es cuando llegas a recoger a tu hija al colegio y te encuentras con una profesora agotada y superada a la que se le han escapado la mitad de los niños. A pesar de la preocupación de tener que buscar a tu niña,  sientes una profunda satisfacción… (“Ahora me entiendes”). Es justo la situación  contraria a la que se produce cada mañana.

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En fin, cuando recibes el permiso de trabajo, te guste o no, tengas miedo o seas vago, decides usarlo, al menos para afrontar el siguiente paso, el Social Security Number.

Si ya lo has intentado como yo, sin tener todos los documentos, “por cabezonería”, has aprendido que los funcionarios americanos son implacables, aunque sea por el desconocimiento de las propias normas que los regulan. Ellos solo siguen el protocolo, si falta algo, ni Denial Number ni nada. Se paran y ya no los mueves, se bloquean. Como una computadora.

En fin,  que decidí ponerme a ello. Primero busqué los documentos necesarios, por una vez que los tenía todos, había que llevarlos.

Copia de los documentos del visado, partida de matrimonio, y…¿Él pasaporte?  No estaba por ninguna parte. Tras vaciar todos los abrigos, las mochilas los cajones, de llamar al último sitio en el que me lo pidieron…

Cuando ya buscaba los pasos para denunciar su desaparición, recordé que podía estar en el escaner. Allí estaba, como nuevo. Me alegré de que el del bar al que había llamado no me entendiera una palabra.

Me pongo de camino a la Social Security Office, con poco espíritu de aventura, y descubro mientras ando, que mi Charlie Card no está. Recuerdo que tenemos invitados. Se la presté.  Pero yo soy independiente. Tengo permiso de trabajo, llegaré. Conseguiré otra.

Llego al metro, consigo otra Charlie Card voy a introducir saldo y… Después de media hora, me veo a mi misma llamando a Julio para pedirle ayuda, no me funciona ninguna tarjeta. Con la tensión se me había olvidado la existencia del Uber…lo recuerdo justo cuando he terminado de contarselo todo. Desde el principio. No hay forma de salvar mi orgullo.

Finalmente llego a la oficina, pido la vez a la maquinita, me siento a esperar mientras relleno el formulario y me sorprende el enfado de la voz del altavoz ¡es mi número! No tenía nada listo, que contraste con mi última vez allí.

Me recuerdo toda guapa, con aire de eficiente y con todo ordenadito, y tres horas después, atendida por un ser abominable, saliendo con las manos vacías y una coz emocional.

Hoy, hecha un fistro, con los papeles desorganizados y el formulario sin terminar de rellenar…Diez minutos más tarde, tras ser ayudada por una agradable joven, que hablaba castellano,  salí con la promesa de recibirlo en dos semanas.

Dos semanas, para convertirme en una buena persona y trabajar pero ¿En qué?¿Cómo?¿Dónde?¿Seré capaz de volver a ser productiva?

 

 

 


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