La vuelta tras la navidad.

Muy bien, lo pasas de ensueño durante casi tres semanas, haciendo tu vida de un año en veintiún días, no paras y feliz por ello, y de pronto… llega la vuelta.

En el momento, volver a casa, no parece cosa de broma. Tienes por delante la travesía en avión con tus tres adorables criaturas y las diez maletas. Parece un milagro que puedas llegar fácilmente a tu destino, y es que lo es. Esta vez, hemos sudado un poco más para alcanzar la meta. Esta vez, no fue una tripulación presa de la psicosis. Esta vez, no fue el atontamiento del viaje afectándonos al pasar el control.

Esta vez, fue más básico que todo eso. Simplemente no nos dejaron subir al avión, y no porque fuéramos nosotros…Cancelaron nuestra conexión por el mal tiempo.

Estuvimos negociando con atención al cliente durante horas, tirados en el aeropuerto, sin saber a dónde ir, con la señora de la limpieza volcada en perseguir a nuestros niños… La vuelta parecía una opción imposible sin grandes sacrificios de cordura, a causa de los problemas de overbooking generados por el mal tiempo. Casi que había que dar una vuelta al mundo antes de llegar a Boston.

Finalmente, tras cambio del operario y una comidita buena en el aeropuerto, dimos con el hueco en un avión para cinco, y nuestras maletas. O eso parecía. Era vía Londres cuatro días después del vuelo inicial.

Quedaba el alojamiento. Como no habíamos aceptado dar la vuelta a las américas con tres escalas durante más de 24 horas, nos dieron alojamiento sólo hasta la fecha de ese vuelo infernal. Dos días. Los otros días nos repartimos entre la familia, y la casa ya cerrada de la abuela. Que por suerte aún conservaba una cama de matrimonio…

miedito

Me dolía en el alma entrar allí a dormir. Me faltaban ellos y mi infancia. Cuando entras en una casa así, en la que has amado hasta el último rincón, se te hace un agujero dentro al percibir el vacío. Ya no es. Ya no están. Entré en una especie de trance a la espera del vuelo. Pero los deseos de volver a un hogar, y los recuerdos del pasado, no me negaron disfrutar de la cabalgata pasada por agua que nos regaló el destino en Majadahonda.

Grité como loca a cada carroza de la cabalgata, todos los participantes parecían algo mustios bajo el agua, pero me empeñé en vivirlo como algo único. Se empezó a formar un corrillo de padres sorprendidos alrededor de mí.

reyesmojados

Menos mal que eramos cuatro gatos. Si no, nuestros dos cuasi adolescentes y sus primos, no me lo habrían perdonado. Calados y sin apenas caramelos, volví satisfecha a casa por el trabajo bien hecho. Habíamos aguantado hasta el final de la cabalgata.

Julio, la abuela y la peque nos recibieron completamente secos en la casa. Seguro que el chocolate no les sentó tan bien como a nosotros…

Después de aquello llegó la vuelta. Esta vez sí. Las diez maletas entraron en la cinta y nosotros en el primer avión. Una vecina, algo petarda, en el asiento delantero, se vio noqueada cuando empezó a oír cuentos sobre sí misma transformada en bruja por los ocupantes de detrás. Quizás me pasé un poco…

En el segundo avión el chasco fue no encontrar las pantallas de entretenimiento que esperábamos, pero conseguimos sobrevivir. Ningún tripulante sintió excesivos deseos de bajarnos del avión. La esperada fila de aduanas, se vio acortada por la generosidad de un agente que se apiadó de mis hijos tirados por el suelo cual alfombrillas.

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La sorpresa llegó con las maletas. 3 de 10. Aún esperamos encontrar la última tres semanas después. Pero he avanzado mucho en mis estudios sobre cómo reclamarlas, creo que podría trabajar en la sección de equipajes del aeropuerto. Todo se verá.

La vuelta ha sido interesante. No es sólo aterrizar físicamente. Es convencer a tu mente de que has vuelto y poner orden en tu agenda. No me acordaba de nada de lo que tenía que hacer. Empezaron a llegar las sorpresas. Que si me había comprometido a hacer un póster, que si un roscón con la clase de Elena… Podemos definirlo como tiempos amnésicos sorpresivos.

Lo del póster fue complicado, con el Paint tuve que hacer un póster del que aún estoy orgullosa. Me llevó un tiempo intenso de trabajo pero pude hacerlo en el plazo. No sé si era lo que esperaba la profesora, porque acto seguido me pidió otro mandándome los dibujos exactos que debía utilizar… aún hoy sigo haciéndome la sueca.

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Lo del Roscón, simplemente era una locura. Lo constaté el día que hice un experimento en casa. Tardé tres horas y media haciéndolo yo sola, y sin contar los tiempos para levar. Hacer veinte de ellos, con veinte niños de cinco años, en una hora… era simplemente imposible.

Fueron dos días de estudios, y preparativos. El día indicado, cuando llegué a la clase, estaba en estado de pánico. Menos mal, que su profesora, Marta, lo captó al vuelo, y decidió ella hacer la presentación. No sé ni cómo lo hicimos. En un momento dado, estaba temblando, y al siguiente volaba por el aula de niño en niño. Tardamos como dos horas, pero cada niño se llevó su roscón a casa y lo mejor de todo… disfrutaron haciéndolos.

Sobreviví a la primera semana. Y ya estoy en la tercera, pero me está costando retomar esta vida, que a veces creo que no es mía.

 

 


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