Me dueles, entre el mar y la tierra ¿Quién salvará tu mirada?

Veo tus ojos, están en ese collage de rostros que denuncian una realidad. Tu mirada fija, esa mirada que atravesaba siempre como si pudieras ver nuestros códigos. Nos mirabas y parecía que estabas leyendo un libro a toda prisa.

Eras rápida, enseguida sabías quién te valía, y quién no.

Jamás pensé que te fueras a ir así, de pronto. Aún recuerdo el primer día en que te conocí. Gracias a que nuestros “partners” lo organizaron y como siempre, nosotras simplemente sobreviviamos a su plan…

Mi pega, que tenía que recoger a los niños del cole. La tuya, no tenías crédito en el móvil. Mi móvil y nuestro despiste hicieron el resto. Quedamos en uno de los puentes de Cambridge y ninguna llegó. Los nervios no ayudaban. En un momento dado, tú estabas por el río yendo de puente en puente, sin saber cuál era el elegido, y yo, sin bateria, tiraba de mi hija pequeña que había hecho otros planes para aquel día.

Nos encontramos ya casi terminada la mañana. Cansadas pero aliviadas, la charla dio para mucho. Nuestro pasado, nuestras vidas, nuestros sueños, y el miedo a lo desconocido fueron desfilando por la pasarela de nuestras palabras. Me hablaste de tu mamá, (me sorprendió que usaras esa palabra). Cuando te pregunté cómo era tener un padrastro, respondiste con un lacónico “Es bueno para mi mamá” se hizo un silencio. Eramos muy diferentes. Tú rubia, yo morena; tú sofisticada, cohibida y perfeccionista. Yo pura maternidad, creativa y rodeada de imprevisión.

De nuevo comenzó el caos, había que recoger a la mayor en la parada del autobús y al mediano en su colegio. Volamos y conseguimos superar la primera prueba. Ya en busca del mediano cuando llegábamos a la parada, el autobús se alejó impertérrito, decidimos atajar y cogerlo en otra parada. De nuevo llegamos a verlo marchar. Finalmente, llegamos andando.

Aquél día te presenté a Ráquel y fuimos a su casa. Pudimos charlotear las tres, largo y tendido de nuestros dramas, mientras los niños jugaban. Ahondamos en lo que nos costaba adaptarnos a la invisibilidad de ser consorte, el peso de la inactividad, la soledad que se genera.

En algún momento llegamos a las ventajas de los Estados Unidos, hablamos de la inseguridad en las calles de nuestros lugares de origen, del acoso a las mujeres. Cuando ahora repaso las cifras y veo que un 97% por cierto de las mujeres argentinas han sufrido algún tipo de acoso, alcanzo a entenderlo. En México, un 41,3% de las mujeres han sido agredidas sexualmente al menos una vez, en el mundo el 35%. Cuando leo que en México mueren 7 mujeres asesinadas al día, y en Argentina, una cada 30 horas, frente a las 44 en España durante el 2017, entonces me pregunto ¿Cómo no he sido consciente?

Cuando nos despedimos, estabas agotada. Aquél día pensé que te habías asustado y que no volvería a saber de ti… Al fin y al cabo teníamos vidas muy diferentes. Pero pronto volvimos a vernos.

Fue un año intenso, al principio lo sufriste, más tarde disfrutaste y te marchaste con la prueba superada y duelo en la mirada. No te siguió la suerte. Poco estuviste en Madrid. Justo cuando amanecía y empezabas a saber qué buscabas, supiste del estado de tu mamá.

Aún recuerdo los momentos previos a tu viaje a Argentina. No querías ir, pero te sentías obligada. Hablamos de varias cosas vía telefónica y te pregunté cómo era tu padrastro. Me respondiste con un lacónico “a mi mamá le va bien”.

No me puedo creer que estés en ese collage. No puedes ser tú. Exploro tus ojos, rodeados de otras miradas, intento entenderlo. Entiendo tu silencio desde Diciembre.

Ayer mientras caminaba por la calle de noche, sola, me puse en tu lugar, por un momento, pensé en cómo sería sentir pánico a andar sola por la calle. Todas las cosas que no podría hacer. Me impresionó pensar en aquellas mujeres que sienten lo mismo al entrar en su hogar. Ahora entiendo tu perfeccionismo, el miedo que tenías a hacer algo que no fuera correcto. No puedo creer que te pasara, con lo prudente que eras…

Me he dado cuenta de que no te conocía, que no até los cabos. Aunque si hubiera sabido…no habría podido hacer nada. Nadie debería tener que desear la invisibilidad en la casa que duerme. 1 de cada 3 mujeres son víctimas de la violencia doméstica. En Argentina también sus hijos en un 22% de los casos.

No puedo entender porqué tu padrastro pensó  que tenía derecho sobre tu vida, porqué ese complejo de Dios. ¿Cómo un hombre puede ser tan egoísta de dejarse llevar por sus instintos hasta ese límite, cuando a las mujeres se nos pide tanta perfección, no lo entiendo?

Siento rabia, pero he aprendido a controlarla a través de las palabras que devuelven la serenidad a mi cuerpo.

No entiendo el modo en que la prensa recogió tu muerte, deteniéndose en lo buena persona que era tu padrastro a través de los testimonios, sin detenerse en el hecho de que dejaste tu vida para atender la enfermedad de tu madre. Sin buscar testimonio alguno que versara sobre tu bondad. Todos sus fallos gramaticales pronunciaban aún más su sesgo.

Pobres ejemplos del periodismo, aquellos que usan el arma de la verdad para vender sus vicios como comunes y desvirtuar con ellos la propia sociedad, que a su vez, les desvirtuó a ellos, justificando lo abominable de sus vicios como naturaleza.

Y tus ojos, esos ojos llenos de sentido contenido, esa melena leonada y tus miedos… me lleva la pena, de saber que tu mirada está apresada en ese cartel para siempre y nunca se sentirá segura.

 

 

Agradezco profundamente los datos que he conocido a través de mi lectura de http://contalaviolenciamachista.com/, http://www.inegi.com y http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs239/es/

 


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