Lágrimas en un río

Erase una madre que tenía tres hijos. La mayor era pura sabiduría, era un dulce ejemplo de templanza y tesón, que llenaba el corazón de su madre de orgullo cada día. Seguía siempre su camino recto sin desviarse, mirando siempre a su objetivo sin pestañear. El pequeño era un varón, con la curiosidad de un saltamontes y la rebeldía de un luchador, que prometía grandes hazañas sin un ligero apoyo que le sustentase, pero tan seductor que el destino solo le reservaba victorias.

mujerdetres

La segunda hija, era pura presencia, siempre estaba en medio, tropezando a cada paso, haciendo bromas de cada suceso, y la más perezosa en aprendizajes. La madre siempre ocupada notaba que la estorbaba y no tendía a mirarla demasiado.

Un día de invierno, en el que el cielo gestaba sus tormentas, la segunda hija, se puso enferma. Cerró los ojos y se desvaneció. La madre advirtió cómo la alegría se perdía en el horizonte, un nudo se instaló en su corazón. Ya no había en el hogar quien buscara la sonrisa de los demás, ya no estaba aquella mano siempre dispuesta a ayudar, se esfumó la compañía a todas horas, y mientras cuidaba a su hija desvanecida, sentía como la iba invadiendo la soledad.

mujerrio2

Desesperada, un día abandonó el sendero que la conducía al pueblo y, sentada junto al río, protegida por los juncos comenzó a llorar. Era tal el llanto que vertía en medio de su silencio que el río se llenó de sal. Un hermoso pájaro que había acudido a beber al río, sorprendido ante el sabor del agua, se aventuró a pesar del viento, a buscar el origen del rastro salado.

Cuando entre los juncos encontró a la madre, se acercó curioso y escuchó el murmullo de su lamento. Enterado de las penas de la mujer, y conociéndola desde polluelo, el pájaro voló directo hacía la casa en pena. Aprovechando un descuido, se coló en el hogar y más tarde en la habitación de la enferma, sin que nadie apreciara su visita.

duermeSe acercó a la enferma y le pico tres veces en la nariz, pero no hubo respuesta.

Se acercó a sus labios y los arañó con sus patas, pero los labios estaban sellados.

Frotó las plumas de sus alas contra los pesados párpados, pero pesaban como losas.

Finalmente, cansado, se acurrucó escondiéndose entre el cabello de la niña y comenzó a verter en su oído un dulce y suave canto, motivado por la añoranza de los alegres recuerdos que atesoraba de la niña a la que siempre había visto reír.

A la mañana siguiente, un sol de primavera se asomó en el cielo. La madre que aún vertía su sal en el río, acurrucada en el abrigo de su pena, sintió de pronto un tierno abrazo que la envolvía. Cuando levantó la vista su hija erguida y llena de vida la sonreía.

Todavía presa de la sorpresa, la madre descubrió en los labios de su hija una despedida, era feliz, se sentía fuerte y libre. El canto del pájaro la había devuelto el aliento, pero en su pecho había nacido un deseo, se convertiría en ave del paraíso.

abrazo llora

Antes de que la madre pudiera hablar, vio como se alejaban los dos pájaros, con su alegre aleteo, sin miedo, cantando tan fuerte que el día se levantaba a su paso.

La madre mudó para siempre sus lagrimas y a partir de aquel día, lo primero que hacía cada mañana era asomarse por la ventana, buscando con alegría el canto de los pájaros.

 

Dedicado a Asthley y Quiong

 Ojalá la alegría vuelva pronto a vuestros labios


2 respuestas a “Lágrimas en un río

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s